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jueves, 25 de octubre de 2012

Breve Historia del Sr. Montaña o Sobre las obsesiones de Arístides Green.

Breve historia del Sr. Montaña. Una de las Obsesiones de Arístides Green.


    Melan, el Alcohólico, le contó a Arístides Green la historia del anterior inquilino. Una historia sin par, de un hombre que fue un gigante y se volvió pequeño por culpa del amor, o de la muerte, o más bien, por culpa de ambas cosas. Melan le llamaba el Sr. Montaña porque decía que nació en el valle de los desamparados, había hecho cima en los riscos del valor y ahora esperaba el descanso eterno en el valle de los desesperados. Por lo visto, la madre del Sr. Montaña, al quedar preñada de él, huyó de casa por miedo a su violento marido. Pero la luz quiso darle antes de tiempo y el hijo nació en un sucio motel. El primer aliento del niño fue el último de su madre, que se lo entregó para vivir pues ya nada más le quedaba en el mundo. Cuando encontraron al niño, lo llevaron al hospital. Allí, las autoridades se encargaron de llamar al padre para que se hiciera cargo. El padre, que no le quiso antes y no le quiso después, por alguna razón misteriosa, decidió quedárselo. 

jueves, 9 de febrero de 2012

El Callejón


No sé si fue un grito, un gemido, un suspiro o la muerte que llegaba silenciosa. No, no sé por qué razón sentí la necesidad de entrar en aquél oscuro callejón. Porque buscaba una salida. Porque buscaba peligro. Porque buscaba hacerme daño, arriesgar algo, sentir, esperar… Porque quería morir o, al menos, estar cerca de la muerte. Y la muerte rondaba por aquél callejón. Bien lo sabía.
   Había llovido hacía algunas horas, las misma que llevaba vagando por las calles que los turistas evitan. El suelo sucio e irregular creaba pequeños charcos y yo miraba el reflejo de las luces de neón que ondulaban en ellos. Miraba los edificios en ellos. Miraba a las putas y vagabundos en ellos. Quería ver una realidad deformada, turbia, sucia… No me bastaba con aquellas calles olvidadas, no, quería exagerar la miseria. Quería martirizar la tristeza que sentía. Y así, con la mirada agachada, clavaba mis ojos en el suelo y turnaba mi futuro entre los adoquines grises y los charcos con sus reflejos sucios de parajes sórdidos.
   Metía mis manos en los bolsillos de mi gabardina de mil pavos. Cubría mi cabeza con un sombrero de 200 y manchaba mis zapatos italianos cuando algún reflejo era demasiado claro. Sí, vestía mi fortuna y la arrastraba por el barrio de las putas y yonkis, barriadas de asesinos y víctimas, extrarradios olvidados, periferias sociales… Y en ningún momento me pregunté qué hacía allí. No lo sabía, quizás sí, no lo sé. Sólo quería caminar o más bien, vagar como alma en pena, pobre desgraciado que tenía de todo y no tenía nada. Estúpido rumiador de miserias que ya querrían algunos.
  
   Sólo aquél ruido llamó mi atención. Ni los susurros de los revólveres ocultos ni las propuestas de las putas. Sólo un ruido que no supe interpretar. Un grito, un gemido o la muerte que esa noche salió a pasear. Me detuve. Observé el callejón, era más oscuro que mi alma y, al principio, no vi nada. Un tren pasó y su estela trajo vida a algunos periódicos viejos y amontonados. El traqueteo metálico y rítmico creó ondulaciones en un gran charco que se había formado en un lateral, pegando a la acera y venciendo a la alcantarilla. Fue entonces cuando lo vi. Un bulto negro junto a unos cubos de basura. Únicamente una farola típica, de esas viejas de luz amarilla que sólo sirven para saber que hay farola, no para iluminar,  desparramaba su destello sobre los adoquines húmedos y el agua apresada por el bordillo de la acera. Al principió creí que el bulto era un montón de mierda derramada por algún niñato o vagabundo. Pero la inútil farola, el oportuno tren, sus vibraciones y la lluvia con su charco se las ingeniaron para que encontrara aquella mano. Una mano vieja y sucia que temblaba sus dedos sobre los temblores del charco.