-->
Mejor con Google Chrome...


Libros disponibles en Amazon
Lecturas recomendadas más populares: Intenciones
En la Buhardilla
Síndrome Cyrano
Fragmentos para conocerme : Pasa el ratón por encima y, si te gusta, pincha para leer más.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
Mostrando entradas con la etiqueta texto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta texto. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de octubre de 2013

Piaccienccio o El Sueño que No LLega

      La verdad, para qué mentir, empezar engañando en un cuento es algo que no debe hacerse, así que seamos sinceros. Nuestro pueblo, además de pobre, era terriblemente feo. Sí, no era uno de esos pueblos de leyenda, rodeados de inmensos prados de brillante verdor, adornados con eternos bosques más altos que el sol y donde las flores silvestres rojas, amarillas y violetas bebían dulcemente a lo largo de un cristalino río que cruzaba un armonioso pueblecito blanco... No, nada de eso. Las únicas flores que existían, o mejor dicho, persistían, en nuestro pueblo eran los geranios secos de Doña Fiorenccina. La armoniosa construcción consistía en el apiñamiento masivo de casas de mil colores difusos parcheadas con todo tipo de materiales y sin diferenciación a penas entre casa y casa, hasta tal punto que no eran extrañas las peleas a las tres de la madrugada porque Don Marcelo y su mujer, Doña Rigobertta —la regordeta, para el resto del pueblo— se quejaban de los escandalosos ronquidos de Don Albertino que vivía cuatro casas más allá.
      No hablemos de los prados verdes y frondosos porque simplemente, me ponen ustedes en un aprieto... Si es necesario para un cuento tener prados verdes, daremos ese calificativo a alguna extensión medio verde, medio marrón, pues tanto ese como el resto de prados estaban devastados por la continua, singular e inagotable estampida de... ovejas de Don Liborio Armeneto. Nadie sabía qué las daba éste a sus ovejas locas, pero no paraban de correr en todo el santo día y parte de la noche.
      ¿Bosques? Cada vez me lo ponen más difícil. Pero bueno, siendo el autor de esta historia algo benévolo, accederemos a dar ese título a una agrupación de unos diez pinos retorcidos, casi secos que rezaban por no llegar al siguiente invierno y que, de forma inexplicable para los habitantes de nuestro pueblo, cada vez estaban más lejos, como si los pinos pudieran andar...
Es comprensible que a ustedes se les hayan pasado las ganas de leer este cuento, es lógico, con tales insulsos ingredientes, yo mismo veo complicada mi misión. Pero rescataremos de Santa Dona di Piave, que así se llamaba nuestro pueblo, su pequeño río... riachuelo. Porque sí, tenía uno, y aunque muy pequeño y con poco ruido, llevaba agua. Tampoco muy cristalina, pero, la verdad, en comparación con el cuadro que hemos pintado, es merecido resaltarlo e incluso decirlo bonito, porque si no, poco podríamos sacar de él, por sacar no se sacaban ni peces de colores. Los Piavenses se consolaban con la leyenda de una supuesta aparición de la Dona en ese río para poder explicar su inexistente pesca: “Es tan puro que ni los peces se atreven a nadar por él”, decían los Piavenses. Y era cierto. Nunca nadie se le vio pescar nada; y pescador había, uno siempre, pero nada en su vida sacó... Claro, hasta esta historia, que es lo que nos traemos entre manos. Bueno, más o menos...

viernes, 14 de junio de 2013

La Quinta Bala

* Texto inspirado por el tema "Private Investigation" de Dire Straits. Puedes ver/escuchar/leer el montaje, un pequeño experimento VideoStory, o leer sin más. Te recomiendo el vídeo, que su trabajo ha costado!



La Quinta Bala.

Es el último cigarrillo. Lo enciende por rutina y arruga el paquete clavando sus ojos en él. Evita mirar las fotografías que se reparten por la vieja mesa. Demasiada sangre; demasiada frialdad; demasiados recuerdos. Prefiere los informes arrugados, con letras impactadas por una vieja máquina de escribir y llenos de escuetas descripciones que al menos no le empujan a evocar lo que pretende olvidar. Con impaciencia coge aquella nota amarillenta. Sólo una dirección, con eso le basta. Información de un confidente del que en otras circunstancias habría dado buena cuenta de él. Mirando la nerviosa letra, estas van desligándose y trazan un deforme dibujo, un rostro con el que ha soñado mil veces, al que ha estrangulado una y otra vez con lágrimas en los ojos. Una vez más lo hace. Imagina el cuello del asesino. Imagina que es su corazón. Imagina su alma… y al tiempo que una lágrima vuelve a deslizar por su mejilla, también arruga la nota.

La lluvia repiquea en la ventana de la maloliente habitación. Le da igual la lluvia, le da igual el olor a húmedo, a sucio. Lo importante es lo que ve en el cristal. La puerta. Por donde saldrá para no volver a entrar. 

Deja escapar el humo por la boca despacio y lo recoge por la nariz mientras vuelve a limpiar el revólver con un trapo. El humo del cigarrillo le molesta, pero deja que se consuma en los labios, necesita las manos libres. Cada bala que introduce en el tambor lleva grabada una jaculatoria de venganza. Una por la sonrisa que no podrá ver más al abrir los ojos por la mañana. Otra por los susurros que ya no escuchará entre las sábanas. Otra por las caricias perdidas de sus labios. Una más por el futuro que  arrebató. La quinta bala… para quien lo permitió, para el que sabiendo quién era el asesino, esperó una muerte más. 

Cierra el tambor, se cala el sombrero y apaga el cigarrillo en la montaña de colillas. Con un último trago del whisky aguado, se levanta y se enfunda la gabardina. Una luz se refleja en el segundo piso del edificio de enfrente. Ve una sombra, la suya, la que espera. Baja por la escalera, puede verle, desciende despacio, ignorante del odio que le vigila, de una meditada decisión. Promete su venganza mientras espera la luz de la planta baja. Allí está. Luz, sombra y final. Hoy acabará todo. 

No hay juicio ni castigo que aplaque su odio. No hay venganza imaginable. Pero su corazón necesita sangre. Necesita que la sangre le cubra y le ahogue en la bilis que le corroe.  Necesita su miedo y espanto.

La puerta de enfrente se abre al mismo tiempo que él decide salir a la calle. Andando por la acera le mira de reojo y allí está, al otro lado. También le vigila. Sospecha, claro que sí, pero ninguno acelera el paso. Se observan, se esperan, en cualquier momento uno de los dos saltará a por el otro. Lleva su mano al cinto y siente el frío del revólver, sediento, ansioso, como él. Sus pasos se hacen largos, por momentos le pierde de vista entre los escaparates de cafeterías para solitarios. Neones luminosos que parpadean al ritmo de su corazón. Paredes de ladrillos sucios y cubos de basura rebosando, como su alma, sucia por el odio, rebosando desperdicios. 

Se gira, quizás le ha visto. Se detiene en un escaparate y le observa en el reflejo del cristal. Le reconoce. Por un momento duda;  mira hacia su portal, pero decide seguir y con pasos acelerados continúa por la acera. Quiere huir, como siempre hizo, pero esta vez no escapará. Le mira, la sombra le responde en el mismo instante, ambos saben lo que va a pasar. La lluvia arrecia, pero poco importa. Nada importa ya desde que ese bastardo le arrebató todo lo que tenía. Con un giro brusco se mete en un oscuro callejón, tropieza con los cubos de basura y su miedo retumba en la ciudad dormida. Espera, estudia, presta atención, no puede escaparse más. Una sombra salta desde el umbral de una puerta trasera y escapa por un pasadizo. Ya no hay dudas, ni miedo, va con él. Allí está. Atrapado en un viejo muelle. El sucio mar aceitoso a su espalda, rodeado de viejos almacenes cerrados y su destino saliendo por el pasadizo. 

Sus ojos no le pierden de vista, le clava la mirada con la misma fuerza con la que sus balas le atravesarían. Él, rendido, refugia su rostro en las sombras de su sombrero. La lluvia se acumula en el ala y, como una cascada de venganza, cae ente su mirada.

Necesita que sienta miedo. Lleva su mano hacia el revólver, pero aún no lo saca. No disimula, quiere que intuya su futuro, el mismo que le dejó a ella. Siente el mar y la sal en su alma. Siente la sed saciándose. Allí está, llorando bajo la lluvia, rendido. Uno avanza, el  otro retrocede hasta que el muelle acaba y sus pies tocan el precipicio. Sonríe al sentir las lágrimas en sus labios, pero su pulso no tiembla.


Fueron cinco las puñaladas del asesino. Él guarda cinco balas en el tambor. Cada una con una jaculatoria de venganza. Levanta el revólver y, con el corazón destrozado y los ojos nublados, le distingue con total claridad. Le mira confundido, no lo entiende, o quizás sí. Claro que sí. Es él, a quien buscaba. El culpable de todo. Es él mismo, él lo permitió. Se Reconoce. Funde al hombre que odia con el que sufre, al cobarde con el audaz, sus lágrimas con su sombra, al héroe con el villano, al que llora con el que huye. La lluvia cede y descarga el tambor murmurando  las jaculatorias de su venganza.

Las cuatro balas vuelan hacia el horizonte, caen al mar como cayeron todas sus investigaciones, todas sus inútiles pistas, todas sus pruebas circunstanciales. Él asesino se libró. Pero el culpable, el que lo permitió… No lo hará. Por eso guarda la quinta bala. La que usará al amanecer cuando despierte sólo en su cama vacía y fría. Y cuando seque sus lágrimas, mirará fijamente su revólver. Le murmurará el último deseo, muy cerca, en un susurro que dará calor a su sien y le devolverá la paz a su alma. E irá tras ella… con ella. Susurrando una jaculatoria de perdón, quemando la pólvora de sus lágrimas y dejando en el silencio… el tronar de la quinta bala. 



jueves, 25 de octubre de 2012

Breve Historia del Sr. Montaña o Sobre las obsesiones de Arístides Green.

Breve historia del Sr. Montaña. Una de las Obsesiones de Arístides Green.


    Melan, el Alcohólico, le contó a Arístides Green la historia del anterior inquilino. Una historia sin par, de un hombre que fue un gigante y se volvió pequeño por culpa del amor, o de la muerte, o más bien, por culpa de ambas cosas. Melan le llamaba el Sr. Montaña porque decía que nació en el valle de los desamparados, había hecho cima en los riscos del valor y ahora esperaba el descanso eterno en el valle de los desesperados. Por lo visto, la madre del Sr. Montaña, al quedar preñada de él, huyó de casa por miedo a su violento marido. Pero la luz quiso darle antes de tiempo y el hijo nació en un sucio motel. El primer aliento del niño fue el último de su madre, que se lo entregó para vivir pues ya nada más le quedaba en el mundo. Cuando encontraron al niño, lo llevaron al hospital. Allí, las autoridades se encargaron de llamar al padre para que se hiciera cargo. El padre, que no le quiso antes y no le quiso después, por alguna razón misteriosa, decidió quedárselo. 

martes, 9 de octubre de 2012

Déjame vivir...



      Dibujaré, con sesgos de la mano en el aire, con mi afilada espada, con mi triste pluma, con el látigo que hiere, con el recuerdo que me nubla, con la sangre que me brota, con la rabia que me excita, con la tristeza que me ahoga…dibujaré  tu recuerdo. Y ahí lo dejaré. Flotando entre las nubes, viajando con la brisa, lejos… muy lejos de mí. Tú no lo quieres. Yo no lo quiero. Huérfano desgraciado. Bastardo desheredado, flota y elévate y aléjate y alcanza los límites de la memoria, la frontera del olvido… pero déjame vivir.

      Tallaré, en violentos acantilados, con puñetazos impotentes, con nudillos sangrantes, con dedos morados, con mis dientes, con mi cabeza, con tu sonrisa, con tu melena, con tus caderas, con tu calor, con tus caricias… tallaré tu recuerdo. Y ahí pervivirá. Relieve que revela lo que me revolucionó y me apresó. Fuera de mi vista cansada. Pero cerca de mí, por si algún día dudo, pienso, me ilusiono, espero… me dejaré llevar por las olas rabiosas y miraré tu escultura y después… naufragaré y moriré con violencia entregando mis huesos y mis sesos a la roca y tu recuerdo. Hasta entonces… Déjame vivir

lunes, 24 de septiembre de 2012

Monólogo del Herrero


      Sólo es un cuchillo. No tengas miedo. Observa su color, es… extraño. Confuso. Mezcla de los sentimientos y necesidades con los que fue forjado. Gris, como los miedos. Plateado, como los sueños. Mira, también… pequeñas partículas azuladas; fíjate, se parecen a tus lágrimas. Si lo pongo aquí, junto a tu ojo… si dejo que esta pequeña lágrima tuya bese su filo… ¿lo sientes? Sí, se besan, se funden, se confunden, se reconocen, se encuentran. Claro que sí, también la forja del acero necesita de lágrimas que apacigüen y enfríen su doloroso parto. Así es como se templaba el acero. Pero ya no.

      Ya no hay fraguas, hay dinero. Ya no hay yunques, hay operarios. Ya no hay martillos, hay capataces. Ya no hay herreros, sólo… Ruidos rítmicos que anuncian que cada hoja recibe la misma dosis de mediocridad. Bum, chak, bum, chak… Cadenas de montajes con milimétricos cálculos para que cada trozo de metal reciba la misma forma. Bum, chak, bum, chak… No se aceptan diferencias, ni la más mínima rebaba, ni la menor desviación. ¡Bum, chak, bum, chak! ¡Mierda! ¡Fábricas que reciben el más noble de los aceros y escupen la misma mierda reproducida, multiplicada, clonada!

martes, 11 de septiembre de 2012

Fundidos en un Imperio

(Último trabajo de La Sastrería {Literaria}, una carta, solo una carta...)



Toma mi mano, agárrate, no te sueltes. Funde tu piel con la mía y que nuestros dedos sean una sola caricia; así, cuando las tormentas arrecien, ningún ciclón nos separará. Iremos juntos, fundidos, donde los vientos decidan sembrar nuestro destino.
Y me dará igual norte o sur, mares, desiertos, cualquier tierra… Allí donde estés tú, allí clavaré mi bandera.

Toma mis labios, bésalos, funde los tuyos con los míos en un beso atemporal. Así, cuando tú pierdas tu dibujo, podré yo tallarte una sonrisa con los míos. Así, cuando en la noche me ataquen suspiros, tú me elevarás con una sonrisa inquebrantable. 
Y me darán igual tristezas o alegrías, veranos, inviernos… Porque cualquier tierra que sienta nuestros labios fundidos, se rendirá a la inmensidad de nuestro reino.

¡Toma mi pecho! ¡Préstame tu regazo! ¡Fundamos nuestros cuerpos en un solo espíritu inexpugnable! Que tu piel sea mi abrigo y mis brazos tu cobijo. Y así, cuando quieran herirnos, cuando nos asedie el destino, el infortunio, la envidia o el egoísmo, chocarán contra la coraza de nuestro corazón indestructible. Y cuando queramos descansar, yo soñaré acomodado en tu regazo, tú tararearás columpiándote en mis brazos.
Y me darán igual las heridas o las envidias, asedios, infortunios… Porque allá donde tú y yo nos abracemos, ¡mil murallas se alzarán! ¡Mil guerreros en cada una! ¡Mil lanzas! ¡Mil flechas en cada arco de nuestros fieles caballeros!