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sábado, 14 de marzo de 2015

A las 11:30 en La Esquina Olvidada

Tan sólo éramos cuatro. No formábamos una gran pandilla, de hecho, no pretendíamos serlo. No se trataba de eso.  Al llegar el descanso de las 11.30h unos salían disparados a los campos de fútbol, otros a las canchas de baloncesto. Los bobos ordenaban sus pupitres; los gamberros, a fumar. Pero nosotros… Nosotros cuatro nos sentábamos en la Esquina Olvidada, que tampoco era esquina pero así quisimos llamarla, quizás porque en un mundo tan lleno de normas, reglas e imposiciones, ese pequeño lugar era nuestro singular reducto de rebeldía: Lo llamamos como nos dio la gana.

                Entre la barandilla y un parterre, en el pollete unos, en los hierros  otros. Dos frente a dos, mirándonos a los ojos… Luis el empollón; Javi el gamberro, Mat el listillo y yo, el raro. No hablábamos de nosotros. No hablábamos de los exámenes, ni si salieron bien o mal, si estudiamos o si, alguno, se había quedad hasta las mil… pero escribiendo.  No nombrábamos a los profesores. No nos reíamos del capullo de David, ni del chulo de Nico. Todo aquello no interesaba, todo aquello era un coñazo. En un pacto silencioso, en un contrato inexistente, como si nos fuera en ello la palabra de Caballeros de armadura, lanza y honor, sólo hablábamos de sueños.  Allí, en la Esquina Olvidada, sólo estaba permitido una cosa: Mirar al futuro y retarle con nuestros sueños.

Era un cónclave diario. Sí, claro que jugábamos al fútbol, evidentemente  fumábamos y ni un solo día pasaba sin darle bien dado a “el cojo”, el de Biología. Pero todo eso… no, todo eso se hacía en otra esquina, detrás del campo de balonmano, entre canasta y canasta, entre goles y faltas. Nunca en La Esquina Olvidada. Allí no dábamos pábulo a nuestras orejas. Allí no valían ni halagos ni consuelos.  Allí, en la Esquina Olvidada, sólo estaba permitido una cosa: Mirar al futuro y retarle con nuestros sueños.

En aquellos días de escuela teníamos muchas reglas y horarios. El ave maría al comienzo de las clases. Levantarnos al entrar el profesor, aunque fuera “el cojo”. A las doce, la salve. A los profes, “de usted” o te ganabas el capón. Los miércoles, Misa obligada a las 10, el mejor momento para el escaqueo, por el ajetreo y por el dulce sabor del riesgo que se encuentra al infringir una de las reglas más sagradas… Los platos limpios y la revisión de los picos de pan… Confesión bajo dedo el primer viernes de mes y, sin faltar, charlita con tu tutor sobre temas de los que sabíamos más que ellos… Sí, mil reglas impuestas en un duro colegio de curas, muy de curas. Pero sólo existía una regla inquebrantable, una ley que si Dios la hubiera conocido, la habría grabado en sus famosas tablas, una norma que no estudiábamos, ni recitábamos, ni rezábamos, ni, por supuesto, aprovechábamos para el escaqueo:  Luis el empollón, Javi el gamberro, Mat el listillo y yo, el raro… a las 11.30h, en La Esquina Olvidada.

Luis quería ser piloto de carreras, pero quiso Dios, el destino y la genética darle mucha más altura que reflejos y más memoria que altura. Te recitaba los putos Reyes Godos tras leer la lista una sola vez. Así que estaba claro que en un coche de carreras no cabría, por lo que todo parecía indicar que sentaría su culo en un sillón de cuero de notario, abogado o cualquiera de esos trabajos tan aburridos.

Javi el Gamberro se empeñaba en ser roquero, y no se le daba mal al cabrón, tenía su grupito, no como los de ahora de niñatos idolatrados, sino de los de guitarra eléctrica, batería y bajo, con poster de los Gun y de los Ac/Dc vigilando su cama. Pero cuéntale a tu padre otra historia, que imaginar a su hijo con melenas y tatuajes no era precisamente el futuro planeado.

Mat, arqueólogo, eso es lo que decía cuando su padre quería presumir en las fiestas de pingüinos que celebraba en su casa, pero cuando Mat decía eso, en su mirada se dibujaba el látigo de Indiana Jones. Esa era la arqueología que quería hacer Mat, de sombrero calado y cicatrices y no de viejas  vasijas de barro. Mat no se sabía los Reyes Godos, ni de lejos, pero cuando Luis el empollón los recitaba, de pronto le cortaba y nos relataba el misterio de la tumba de Alarico, o la intrigante búsqueda del Santo Grial cuando tocaban los templarios o cualquier otra historia o leyenda mucho más interesante que cualquier lista recitada. Claro que cuando resultó que el mayor misterio estaba en la contabilidad de la empresa de su padre y años después todo se fue al traste, Mat tuvo que colgar su sueño y su sombrero imaginario para ponerse a trabajar de cualquier cosa.

Respecto a mi… "El Raro", bien claro tenía mi sueño, en la buhardilla y con bolígrafo lo retaba todas las noches, pero la pandilla poco sabía. Me apuntaba a todos los suyos y dejaba entrever un poco el mío: Escritor. Pero incluso cuando lo digo ahora, me sigue asaltando la misma sensación de antes, entre pedante y redicho para un chico de 15 años. Por eso justificaba mi presencia en esa pandilla soltando alguna letra para una canción de Javi y cosas así. Tonterías de un chico raro y demasiado introvertido, que piensa que su gran secreto pasa clandestino a los que ven tus ojeras y dedos manchados de tinta cada descanso de las 11:30 en aquella Esquina Olvidada. Claro que lo sabían, pero por eso era especial esa esquina, porque también se respetaban los sueños silenciosos.


Creo que todos los chavales lo hemos hecho alguna vez, la típica promesa de sangre para reunirnos pasados 20 o 30 años. Pero la nuestra fue diferente, la promesa consistió en reunirnos si alguno de nosotros cumplía su sueño.

Nos perdimos la pista, como la maldita vida suele empeñarse, dividió nuestros caminos entre universidades, mudanzas y cosas así. Contábamos con ello, aún con todo, nos reuniríamos pasara lo que pasara. Por eso sé que aún ninguno logró cumplir su sueño.

Luis, el empollón, no rompió lo predecible, es abogado y de los buenos, pero cuando recita a su hijo los Reyes Godos, seguro que una sonrisa aflora en los labios y espera la interrupción en cualquier momento de Mat. Lo más cerca que ha estado de ser piloto de carreras fue por un regalo de esos que vienen en caja roja y pone algo así como "la vida es bella".  Tu puta madre, gilipollas.  

Javi creo que es empresario, montó un negocio pero no me preguntéis de qué. Lo que sí que sé es que aún puntea su vieja Zender pero me temo que más tirando a "Ride On" que a " Highway to hell", con todo lo que eso simboliza. Tendrá su poster de los Gun enrollado en el trastero, le conozco bien, y seguro que tampoco tiró aquella canción que le escribí.

Mat… Mat no se pone sombrero ni lleva látigo. Lo último que sé de él es que llevaba casco de obra y tiraba monedas en una puta tragavidas, digo tragaperras. Prefiero no hablar más de él, el tío más listo que he conocido y que la vida ha jodido, que no heredó más que la mierda que sembró su padre y tuvo los cojones de abandonar sus misterios e intrigas para romperse la espalda por los suyos.

Y quedo yo, que aquí me veis, poco ha cambiado, menos boli y buhardilla, más teclados y cafetería, por lo menos ya no me escondo, algo es algo. Sigo escribiendo, cuando puedo, entre cabeceos de la vida me despierto y recuerdo lo que siempre quise ser. Mato el insistente gusanillo escribiendo relatillos como este. Alguna novela se me ha escapado, cierto, pero igual que Luis el abogado, Javi el empresario y Mat el obrero, no puedo mandar una carta o coger el teléfono y decir a la panda: «Chicos, a las 11.30 en La Esquina Olvidada. Tengo algo que contaros». No, tampoco yo he cumplido mi sueño.


Pero aquí me veis, tampoco me rindo del todo. Este relatillo que mata el gusanillo puede que no sea más que un chute de metadona, o puede que guarde algo más profundo. Una de esas estúpidas reflexiones de domingo triste que me vienen al ver a mi hijo soñando con ser piloto de motos. Y veo sus ojos, su sonrisa y me juro que no permitiré que ni la vida, ni las reglas, ni un profesor cojo, ni la salve de las 12, ni mi herencia mutilen los sueños que le florezcan con 15 años, porque creédme, bueno, que gilipollez, lo sabéis bien vosotros, los sueños de los chavales son los buenos. No sueñan con ser rico, ni con ser famosos, ni poderosos, por eso son puros, son "Los Buenos" Tienen sueños que alimentan sus corazones, no siembran envidias. Y pediría, gritaría, suplicaría a las escuelas, a los "adultos", a los que mandan, a los padres "orgullosos" de lo inteligentes que son sus hijos, que no mutilen sus sueños, que no esculpan sus frustraciones en ellos, que si les sale alto el chico, le fabriquen un puto bólido más grande, que si le da por hacer slide con una guitarra invisible, le añadan un traste; que si suspira por viajes y aventuras, no le lleven a Disneylandia, sino a Egipto, joder. Y si por algún casual os sale raro el chico, muy callado, algo autista y solitario, y veis por la mañana que sus dedos están manchados de tinta azul y sus ojos se llenan de ojeras, tranquilos, no es tan grave, no le regaléis más videojuegos pagados con preocupación, hacedme caso, bastará con que le compréis más libros.

Tengo la esperanza de que algún día recibiré una carta, puede que incluso la escriba yo, y la pandilla que nunca pretendimos ser, volvamos a reunirnos en una esquina. Será cualquiera, pero seguirá siendo la nuestra, la Esquina Olvidada. Cuando ocurra no tengo ninguna duda de que este relato frustrado que he escrito lo firmaríamos los cuatro: Luis el Piloto Empollón, Javi el Rokero Gamberro, Mat el Aventurero listillo y yo, el Escritor Raro. Hasta entonces, seguiré vigilando y cuidando de los sueños de mis hijos.




domingo, 8 de febrero de 2015

Enamórate de una chica tonta.

Enamórate de una chica tonta. Hazme caso. De una que no se encerró en una buhardilla a leer libros polvorientos porque prefería pasear escuchando el  ruido de las hojas que pisaba.  Una vez conocí una así. Recuerdo una noche que nos tumbamos en la hierba. Yo miraba a las estrellas. Ella me miraba a mí. Le expliqué las reacciones químicas que formaron las estrellas. Le hablé de la gravedad, de cómo los cuerpos  se atraen, de la aceleración, de 9,81 metros por segundo cuadrado. De explosiones, big bang y universos paralelos. Mis palabras fluían hacia el espacio y mis dedos señalaban silenciosas estrellas. Y la chica tonta, que no sabía quién era Kepler, me miró como si no hubiera entendido  nada y con una sonrisa me dijo: 

-        –Qué tontería. Son sólo lucecitas en el cielo.

Y me besó.
Y al hacerlo en mis labios ocurrieron reacciones químicas que no entendí. Nuestros cuerpos se atrajeron con la misma fuerza, mi corazón se aceleró y no me extrañaría que latieran 9,81 veces por segundo… al cuadrado.

Ahora lo pienso y tengo la certeza absoluta de que sin esa niña tonta que no conocía a Kepler, mi vida explotaría en un big bang sin sentido. Viviría en un universo paralelo en el que no me gustaría estar. En una vacía galaxia viviría. De entre las estrellas silenciosas y libros polvorientos, una chica tonta me rescató. Son sólo lucecitas…

Enamórate de una chica tonta.  No pierdas tiempo. De una chica que no sepa quién es Dostoievski y frunza el ceño cuando sonríes por su ignorancia. Que se pierda en argumentos complejos, tramas y retamas, nudos y desenlaces de pedantes y eruditos. De Sabios. De una de esas chicas que no rima con Whitman pero que de sus labios brotan versos, perdón, besos. Una chica tonta que llora con las bobas comedias románticas del cine y se duerme aburrida con Casablanca. Que le gustan historias tan simples que te hacen menear la cabeza y rendir el mando de la tele a su sonrisa. Enamórate de una de esas chicas por las que serías capaz de renunciar al Halcón Maltes y a Bogart por el simple hecho de que siga contigo en el sofá. Sí, enamórate de ella, maldita sea, porque esa chica, sin saberlo, escribirá tus dramas y aventuras con tal simpleza que te hará sentir un vulgar escritorzuelo buscando madera inspiradora en un bosque tallado por Dalí.

Conocí una chica así. Cuando la vi, me dije como Bogart: «De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella entra en el mío» Traté de no enamorarme. Incluso me convencí de que no estaba enamorado. Nos sentamos en una cafetería y le hablé del joven Werther, de dramas Shakespeare, de poemas de Keats, del amor que yo buscaba, de esa chica tan especial que conocería un día, que leería Stendhal, recitara la teoría de la relatividad de memoria y que nuestro amor sería tan mágico como el número aureo.
Y ella me miró con una tristeza que no pude describir. Tantos libros que había leído yo… y una mirada le bastó.
-          Pobre –me dijo. No comprendes nada –sentenció.

Y no hizo como yo. No sonrió ante mi ignorancia. Me cogió de la mano y me explicó las reacciones químicas que unen los corazones. Me explicó los dramas de Shakespeare. Me explicó poemas de Keats… sin haber leído nada de todo aquello.

La ley de gravitación universal empieza con una mirada. La fusión no está en las estrellas, pobre tonto, están en los abrazos. El big bang es el primer beso. Ese beso que atrapas y subes corriendo a la buhardilla para escribir una poesía creyendo que fue Baudelaire quien te ayudó, idiota… La primera vez que haces el amor, rompes teorías de la relatividad. Y cuando ella pierde la sonrisa, mandas a la mierda a Kepler y recuerdas la sencilla ley de Acción y Reacción: Ella triste. Tú mueres. Con una sola lágrima le bastará para enredar tu erudita ciencia entre los reglones de una tragedia, y sabrás, pobre tonto, al fin lo entiendes, lucecitas… que no es Hamlet, ni Julieta, ni Macbeth, ni Othelo, ni el espectro de ningún elevado dramaturgo atormentado quien empuja tu febril lápiz.

¡Enamórate de una chica tonta! Con el tiempo, recordarás a Bogart y no comprenderás nada, de eso se trata, de no comprender nada: "De entre todos los bares del mundo…" Yo caluroso, ella friolera. Yo ventanas abiertas, ella con persianas cerradas. Ella mañanas, yo madrugadas. Yo vino. Ella un Bitter… ¡Un Bitter! ¡A quién demonios le gusta el Bitter!


Sí, hazme caso, enamórate de una chica tonta. Que entienda de abrazos más que de fusiones. Que no calcule besos, que se equivoque al sumarlos. Que te atraiga cada año con una fuerza directamente proporcional al volumen de silencios que desplaza. Que te inspire un sueño 9,81 veces por segundo… cuadrado. Que frunza el ceño a Dostoievski, que al leerte diga "Buff…" y te coja de la mano para sacarte de tus libros. Que se trabe al decir Baudelaire pero recuerde bien a vuestros amigos. Que le aburra Casablanca. Sí, incluso que le guste el Bitter.

Si lo haces, un día llegarás a una terrible conclusión, a esa que sospechas desde aquella noche en que tumbados en la hierba explicabas las estrellas. Que en el fondo sabías que uno hablaba del vacío y de La Nada y ella vivía con su mirada y lo sentía Todo. Que uno se perdía en el Espacio/tiempo y ella recorría espacio que nos separaba y ganaba tiempo.

Sí, enamórate perdidamente de una chica tonta, me darás las gracias. Una tarde, en una cafetería, después de muchos años, escribirás esa conclusión:

Yo aquí tan listo y tan ignorante. Tú allí tan tonta y… tan sabia.


Y sabrás que lo tuyo tiene solución si al poner punto y final, te vas a dormir y ella, sí, la chica tonta, está en tu cama. 


viernes, 7 de noviembre de 2014

Libro del Nuevo Apocalipsis - Manifiesto para la Revolución


LIBRO DEL NUEVO APOCALIPSIS

1. La Última Ladera.

(1) Pude ver un campo mutilado. Pude ver prados sembrados con cuerpos desmembrados. Pude ver la niebla flotando entre los bosques seccionados, la muerte, el fin, el destino de estos pasos. El Futuro que estamos labrando. 

(2) Subí miserable y abatido, apoyando mis puños en la húmeda tierra roja, asiéndome a espíritus desnudos, hacia aquella bandera que divisaba en lo alto de la colina. (3) Ondeaba ligera y negra; conquista del enemigo que danzaba orgullosa con la brisa de un nuevo mundo. Al fin llegué a la colina y me senté. Tan sólo me quedaba esperar al amanecer. 

(4) Rompiendo por los riscos del horizonte, el sol comenzó a disipar la niebla y mi corazón comenzó a congelarse ante la terrible visión que había dejado la guerra. (5) Mi colina no era tal, era la arrugada estela de una bomba. Era la cicatriz de la tierra que se moduló y se elevó y se petrificó como las ondas de una piedra en un tranquilo lago. (6) Era la periferia del infierno. La frontera entre pasado y del futuro. El horizonte que con nuestros actos dibujamos. La Última Ladera

(7) Llevé mi mirada hacia atrás y vi la ladera, tierra que acababa de subir sin saber lo que en ella habitaba. Limbo de nuestra historia en pendiente sin fin. (8) Miles de cuerpos se arrastraban alejándose. Unos no tenían piernas. Otros no tenían brazos. Otros no tenían nada. Todos se arrastraban. Unos susurraban delirios. Otros, ahogados quejidos. Otros no decían nada. Todos lloraban.

(9) Viendo aquello, viendo a los supervivientes del infierno, con temblor en mis ojos imaginé lo que aquella onda encerraba. Pero no hay imaginación posible para intuir lo que hicimos. Por fin llevé mis ojos al Gran Valle de la Muerte.

(10) El sol había vencido al horizonte y la niebla sumisa desapareció. Pude ver tres ondas, a cual menor que la anterior, estando yo en la más alta, estando el centro en la más negra de las profundidades. Cada onda tenía su colina que suave descendía hasta el valle que formaba con la siguiente onda. (11) Sin saber por qué, un susurro en mi cabeza, una voz que me instaba, una apremiante sensación, una lejana melodía, el viento que me empujó, mi alma que se moría, decidí bajar hacia El Valle de La Muerte. 


2. Primera Onda

(1) Descendí lleno de terror por todo aquello que esperaba ver, pero poco antes de llegar al primer valle pude divisar algo extraño. Parecían piedras o matorrales oscuros y alineados perfectamente a lo largo de la onda. Me detuve un instante tratando de adivinar qué era aquello. (2) Fue entonces cuando pude escuchar un lejano ruido, gritos histéricos y nerviosos que se confundían con estridentes notas de trompetas y quejidos. Intrigado por aquél penetrante y agudo tronar, seguí bajando. (3) Llevaba mi mirada al primer valle y podía ver como si un enjambre lo cubriera. Un oscuro líquido que lo bañaba y que, impulsado por raquíticas corrientes, zigzagueaba y lamía sin orden las lomas de su cauce. (4) Sin poder apartar la vista de aquello, seguí avanzando hasta que tropecé y caí. Confuso miré hacia atrás y comprobé que había sido una de aquellas piedras o matorrales lo que había provocado mi caída. (5) Aun tan cerca, no podía saber qué era, así que me levanté y me acerqué. Entonces, aquél bulto se movió, haciéndose más pequeño, enrollándose en sí mismo. No era piedra ni matorral. Llegando a su lado, la sangre se me heló. Era un niño. (6) Un niño arrugado entre harapos. Abrazado a sí mismo. Calentado por sus propios brazos. Y el alma se me partió cuando alzando mi mirada confirmé que el resto de bultos alineados eran otros niños. (7) Miles y miles de niños aislados y en perfecto orden silencioso. Como piedras repartidas sembradas en un estéril arado. Sin tocarse entre ellos. Sin sonrisas, sin canciones, sin juegos, sin palabras, sin secretos. 

martes, 4 de noviembre de 2014

El lugar donde nacen los sueños... y las novelas.

Hace un año o así, estaba en mi aburrido y rutinario trabajo y queriendo evadirme, cogí un boli. Claro que la situación no era idónea para escribir nada, así que me puse a dibujar. Siempre soñe, desde enano (hasta ahora, y supongo que hasta que lo consiga) con construirme una casa en un árbol. Este sueño por cumplir lo compartí en su día con mi hija Alejandra, claro que desde entonces, cada semana me pregunta que "para cuando la casa en el árbol, papa?" Le voy dando largas, pero ese día, con el boli en la mano, comencé a trazar los planos de nuestro sueño. Sí, le hice un dibujo a mi hija, una casa en un árbol y le encantó. Bah, un entretenimiento en un trabajo aburrido, la cosa no iría a más. Pero me equivoqué, la imaginación oprimida y la mano libre es lo que tiene, al final rompe para cualquier lado. La cosa la compliqué cuando hace unas semanas le hice otro dibujo para demostrarle que con la imaginación podía ser y hacer cualquier cosa, que su capacidad de fantasear y soñar es mucho mucho más divertido que ver la tele. Todo era posible en su cabeza, por ejemplo, convertirze en La Princesa Alejandra, heredera del Reino del Bosque Encantado, que cabalga a lomos de un unicornio, una mezcla entre Peter Pan chica y una elfa y que hablaba con La Dama del Fuego...


El mensaje caló, creo. Con ojos como platos se vio a si misma con la capa estrellada al vuelo. Cogió un poco de celo y lo pegó en mural de fotos. Claro que mi otro hijo, Ignacio, alias "filigranas", cuando vio el dibujo, exigió el suyo de pleno derecho. Días después y como mi trabajo sigue siendo aburrido y rutinario, y al ser Ignacio amante de Caballeros, Piratas y altamente impresionado cuando cometí el error de enseñarle mis viejas maquetas inventadas de naves espaciales, decidí llevarle a un mundo algo más steampunk y le puse al mando de un Barco Pirata con alas...



Pero las envidias son muy malas (o no tanto, ya veréis...) y ambos se enzarzaron en una disputa sobre a quién le tocaba el siguiente dibujo:
-¡Tu llevas dos! -dijo Filigranas.
-Sí, listillo, pero el tuyo es más grande -dijo La Princesa Alejandra, heredera del Reino del Bosque Encantado y que cabalga a lomos de un Unicornio...
-Pero si juntas los dos tuyos hacen uno grande, listilla hasta la luna -replicó el astuto y valiente Pirata Mike (porque es admirador de Mike el Caballero) Filigranas, capitán de un barco volador con el espíritu de Robin Hood.

El Pirata Filigranas infló carrillos resoplando y la Princesa Alejendra se mordió la lengua amenazadora. Conseguí apaciguar ánimos, pero sabía que tenía un problema psico-pedagógico-artístico.
Sin demora busqué solución al día siguiente, en mi aburrido y rutinario trabajo. Me vi forzado a unificar criterios artísticos. A ver cómo hacía coherente una Reina del Bosque élfica con un pirata con un Barco Volador compartiendo protagonismo en un dibujo. ¡Ah, coherencia, qué mal has echo en el mundo literario! ¡Qué mas da! Cuál es el problema en mezclar dos mundos literarios tan dispares! No se trata al fin y al cabo de fantasía! Pues... ¡Déjete llevar, Jose! Y así hice y así nació el dibujo que el otro día visteis en facebook. 



Creí que lo había conseguido, ¡un dibujo para los dos!

- Mirad Chicos! Este dibujo es de los dos, es una encuentro entre la Princesa Alejandra del Bosque Encantado con el peligroso Pirata Mike Filigranas en un mundo mágico, con castillos voladores, dragones... Mira, Alex, esta eres tú con tu unicornio mágico, y este tú, Ignacio, El pirata Mike Filigranas, con su barco volador, que te has subido a una moto voladora para ir al encuentro!! -dije con sonrisa triunfadora. A los dos, con ojos chispeantes y tirando cada uno de un lado del folio, se les dibujó una enorme sonrisa, tan enorme como la claridad con la que vi el problema en el que me había metido. No, no era la solución, era el germen de un embrollo del que difícilmente saldría ileso.
- ¿Y por qué se encuentran? ¿Para qué?-me pregunta Alejandra confirmando mis sorpresas.
- ¿Y de quién es ese castillo tan chulo? -dice el Ignacio.
- ¿De quién es ese Castillo volador? -preguntó La Princesa Alejendra ambicionando reinos.
- ¿Y de quien es ese dragón? -anheló el Pirata Mike Filigranas, el "jodío", con ojo de lince, porque mira que lo dibujé pequeño...
- Pues... yo... esto... Es un dibujo, chicos -traté de huir.
-Ya, papá, pero ese castillo tiene que ser de alguien, ¿no? Digo yo, vamos -replica la listilla de la Princesa Alejandra.
- ¿De quién es ese Dragon, papi? -insiste el Pirata.
- Bueno, yo que sé nena, el castillo es de otro rey o algo...
- ¿De quién es el Drag...
- ¡¡Tuyo!! ¡Hijo, el dragón tuyo por cansino!

En fin... En buena hora. Repartí propiedades para que me dejaran en paz y se durmieran, pero no me fui tranquilo a dormir. No, no cuadraba. El dragón no podía ser del Pirata Mike Filigranas ni el castillo de la sutil e insinuante Princesa Alejandra, que ya tenía su humilde reino y si comenzaba a acumular riquezas terminaría convirtiéndose en una despiadada capitalista...

Hoy en mi aburrido y rutinario trabajo he estado meditando el asunto para solventar el problema con un dibujo. Ya en casa, después de merendar, antes de irme a otro trabajo más interesante, mi hija me ha dicho.
- Papá, ¿quieres que te escriba un cuento? -y, oh, mis ojos han chispeado de la emoción.
-Claro nena, ¡me encantaría! -le he dicho aun estando convencido que el cuento iría de una jovencita cantante que va al instituto...

Y a mi regreso... La cosa ha explotado. Sí, se me ha ido de las manos. Bueno, se nos ha ido a los tres.
- ¿Has leído el cuento? -me dice la Princesa Alejandra al rato.
- ¡No! ¡Corre, traelo! -ha tardado medio segundo, ojalá tardara tan poco en obedecer en otros temas... Con una sonrisa me lo ha dado y he comenzado a leer.


No me lo podía creer, con su hoja arrugada y con la manía de escribir fuerte, mira que le tengo dicho, mi hija había comenzado a escribir la historia conflictiva. Curioso que etiquete como enemigo a "Maik" Filigranas, pero... 
La cosa no podía quedarse ahí.
- ¡Cerrad la puerta! ¡Apagad la tele! ¡Corred! ¡Tenemos que seguir esta historia!

Y por mis narices que no os desvelaré la intrincada trama que hemos tejido entre los tres, me plagian seguro si lo revelo, pero os daré pistas.

Personajes en Acción (nombres elegidos por mis hijos)


  • El Rey Pluma (que podréis adivinar quién es) y la Reina Celestia (la madre de los creadores), verdaderos propietarios del Castillo volador y guardianes de "La Joya Mágica"
  • El Arquero Chaunk, que sus flechas llegan a kilómetros, na menos.
  • El Dragón Smaly y su jinete, el Caballero Masquer, que lleva una máscara por estar deformado debido a un terrible hechizo del que sólo se librará.... aaaah...
  • Mnila, fiel escudera de la Princesa Alejandra, aprendiz de maga y con el poder de convertirse en cualquier animal del bosque.
  • El Gran Mago Zurber Kascabier, poderoso mago que es un cascarrabias y que aun no sabemos si vive en una alta torre o en una pequeña cabaña.
  • Y.... El malvado, el temible, el odioso.... SAGGER!! Rey y tirano que ha robado... aaaahh y que en su Castillo de Fuego...


Como aditivos, han aparecido dos mascotas, una Ardilla marrón con una linea rosa (en negociaciones para que sea de otro color) que es propiedad de la Princesa Alejandra, y de un Ave Fenix para el Pirata Filigranas (que se había empeñado en elegir un tiburón como mascota, pero hijo, tu barco vuela, la mascota no puede ser un pez...)

Bueno amigos, está claro que hay elementos clásicos, pero así lo eligieron los verdaderos creadores, por otro lado, me encantan las historias clasicas. Siempre soñé con escribir una historia como La Princesa Prometida, ahora ya no quiero hacerlo, ¡quiero escribir esta!! Y no tendré miedo a clichés, a darle un toque Peter Pan a la princesa, ni un tinte Robin Hood a Filigranas, ni en crear una "Comunidad" o grupo de héroes que se juntan para salvar al mundo, ni me reprimiré por miedo a que sea una Joya Mágica la única que podría salvarles (curioso que sin saber lo que es El Señor de los Anillos, estos dos han elegido la estrategia de "comunidad" y una joya poderosa... A ver si Tolkien no era tan original y resulta que tenía dos hijos...) Y les llevaré por tierras tenebrosas y montañas mágicas, habrá amor -pero no de la Princesa Alejandra, pues insinué que se enamorara de Mike Filigranas y me han montado un pollo, amenazándome con prohibirme escribir la historia. La princesa no se enamora de nadie y punto, nena, no hay más que hablar, estoy completamente de acuerdo...-, habrá mucha magia, duelos de espada, un final, está claro, de "comieron perdices", como mandan los cánones. 

Ha sido algo mágico. Tirados en la cama, con el Pirata Mike Filigranas (de 4 años, por ahora) saltando y soltando nombres increíbles por su boca (Mnila!! Zorber!! Sagger!!! Geniales!!), con la Princesa Alejandra (de 7) hilando tramas (una joya mágica que salvaguarda al mundo, robada por Sagger, que quiere, con algo parecido a la alquimia, transformar en una Joya Oscura, qué cabrón el Sagger!!) Brutal!
Sí amigos... Los sueños... Esos que se viven y no se duermen. Los que dibujan mundos, no mejores quizás, pero si ejemplares, con héroes que al final Vencen. Ganan. Triunfan. Sí, esos sueños no nacen de misteriosos lugares, sino de algo muy pequeño, que dan mucho la lata, obedecen poco, anhelan Castillos voladores y exigen un dragón. Nacen de los niños. Bien lo sabía Peter Pan y por eso no quería crecer, por que al crecer dejamos de soñar. Yo, hoy, he saltado en la cama con El Pirata Mike Filigranas, me he tronchado de risa con la Princesa Alejandra del Bosque Encantado (joder, una ardilla con una franja rosa???), y por accidente... como surgen muchas cosas buenas, nació un sueño.
Mañana, lo he prometido, al volver de mi aburrido y rutinario trabajo, volveré a convertirme en niño. ¡Queda mucha historia que contar!


jueves, 11 de septiembre de 2014

El mar donde bailan los árboles

Esta es la Historia de Pluma y Lápiz, de dos sueños encontrados, de la Reina del Bosque y de la barca azul y blanca que surcaba…

EL MAR DONDE BAILAN LOS ÁRBOLES




I. Un sueño perezoso al despertar.


Pluma era tímido y soñador. Criado en la ausencia de un padre sepultado por un pico, una pala y una montaña tragahombres. Su madre enterró su alegría junto a su esposo y respiraba tristeza cada noche rondando la tumba de su dicha. Fue la soledad, en definitiva, quien crió a Pluma; le engulló desde temprano y le insufló melancolía, sueños y silencio. Quizás me recuerde a alguien…
Pluma no conocía el mar.

Lápiz era alegre y divertido. Nacido en el amor y en la familia, pero siempre con el corazón ahogado por querer ser mejor y no defraudar a un destino que le parecía impuesto. Su risa era la explosión de un corazón que necesita ser zarandeado y llenado con la paz que no habitaba su espíritu necesitado de contagiar su amor. Quizás me recuerde a alguien…
Lápiz no conocía el mar.

¿Habrá árboles en el mar? –preguntó Lápiz una mística y suave tarde de primavera.
No seas tonto, Lápiz. ¡Claro que no! –respondió medio sonriente Pluma.
¡Anda! ¿Y tú qué sabes? –objetó Lápiz señalándole con lo poco que quedaba de su lapicero.
Déjalo, sabes que no existen árboles en el mar.

Y Lápiz lo sabía. Era una excusa más. Llevaban un tiempo donde sus charlas siempre se mecían bajo el vaivén lejano y submarino del mar. Como un recuerdo distante que no consigues o no quieres mencionar pero que siempre está presente. Todo empezó en la clase de geografía, cuando Don Salustiano les enseñó la cantidad de océanos, mares y lagos que había en el mundo y, sobretodo, cuando les explicó que dos terceras partes de la tierra eran mares y océanos; con olas, peces y todo eso. La cantidad más grande de agua que Pluma y Lápiz vieran jamás fue aquella vez que llovió tanto que se formó un gran embalse en uno de los trigales de detrás del pueblo. A parte de eso, en los demás veranos se debían conformar con la alberca de Don Antonio.

Pero el mar siempre está aunque no se vea. Se siente su brisa y su salitre aunque no sepas lo que es una playa o un simple barco. Y más ellos que, irónicamente, tenían el mar a media jornada en la destartalada furgoneta de sus padres. Pero ya ven, con todo y más, jamás subieron a esa furgoneta ni a ninguna otra para darse un paseo por una playa. Y si preguntan el por qué, ya preguntan mucho y empezamos mal la cosa, pues preguntas parecidas se hacen ustedes cada noche pero no se atreven a contestar y quieren escuchar de otro la respuesta que demasiado bien conocen.

Lo que pasa es que tú eres un marisabidillo –reprochó Lápiz–, con eso de que lees... crees que lo sabes todo. Pero que en los libros no digan nada sobre árboles en el mar no significa que no exista –concluyó Lápiz.
¡Pero serás cazurro! ¡Que no existen! Don Salustiano dice...
Don Salustiano dice lo que aprende en los libros.
¡Te apuesto lo que quieras a que no hay árboles en el mar! ¡Lo que quieras! –se envalentonó Pluma
¡Vale! ¡Tu bicicleta! – es que el pobre no tenía.

Y, así, aquello que empezó con una simple pregunta acabó con un reto en toda regla. No se trataba de una apuesta, de una bici en juego, ni de si realmente existían árboles en el mar; no, nada de eso. Todo eso era la excusa, el detonante, la chispa que necesitaban para aventurarse en la más arriesgada de las aventuras de sus vidas. Si son necios de tener en cuenta sus cortas edades, pensarán: “pues no es para tanto, yo de niño ya había...” Pero para esos chavales aquella aventura era lo más grande que jamás hicieron. Así que dejen al soso tiempo con sus vacíos años y quédense con los corazones y las ilusiones que en ellos habitaba, sea cual sea la edad o el tiempo.

Tenían que preparar muchas cosas y tan sólo disponían de un día. Se irían el sábado muy temprano, con el primer albor. Y lo que debían preparar era un trayecto a seguir y unos bocadillos para zampar. Los mismos necios de antes seguirán en su empeño de menospreciar tales magnitudes, y ya me están enfadando, así que si siguen ustedes así preferiría que dejaran de leer esta historia tan pequeña y vulgar, porque no van a entender nada de esto. Un bocadillo puede ser un mundo para un niño, no por ser niño, sino por lo que el bocadillo significa en sí; esto es: los víveres de una aventura. Y si un bocadillo es un mundo, un trayecto es un universo plagado de luminosos peligros al acecho.

Cuando esa tarde se fueron a sus respectivas casas a cenar, los dos pensaban y recordaban paso a paso esa conversación tan deseada y esperada que les llevaría por fin al mar. Las palabras son guías o luceros que nos conducen de una forma u otra a alcanzar o vivir aquello que soñamos. No sólo hablo de los libros, hablo de las palabras. Imagínense ustedes que tal es así que aunque exista el amor entre dos, si no se dicen dos pequeñas palabras nunca se alcanzará la nube o el cielo deseado, perdiéndose el amor en las brumas de la duda. Y tanta es la importancia de las palabras que ellas mismas ya se encargan a sus veces de trepar por la garganta y saltar al vacío del silencio ante la necesidad de romperlo en forma de susurro, lloros o gritos.

El silencio tiene sus momentos y las palabras el suyo, pero tan hermanos y amigos son que incluso hay palabras que no rompen el silencio, es más, hay palabras que sin el silencio nada significan y por el contrario, también existen mil silencios que dan significado a mil palabras.

Pero no poeticemos ni filosofemos ni enredemos, pues las palabras y el silencio no necesitan de mi mediocridad para su belleza.

Durante la cena, Pluma, más taciturno e introvertido comía a cucharadas lentas el estofado de carne y mientras masticaba, pensaba: “¿De verdad nos vamos al mar? ¿De verdad?”.

Y Lápiz, más abierto y dicharachero, con rápidos cortes al filete y pinchando eufórico con el tenedor, comía ávido no de hambre, sino de sueños por realizar, mientras con una sonrisa pensaba: “¡Nos vamos al mar! ¡Nos vamos!

Se fueron a sus camas ante la extraña mirada de sus padres, pues no es lógico ni habitual en un niño irse a dormir sin ser ordenado. Pero Pluma y Lápiz quizás creyeron que cuanto antes se fueran a la cama, antes les llegaría la mañana; cosa que por otro lado es cierta, pues el sueño tiene la, no sé si buena, virtud de hacer más corta a la noche.

Pero cuando se acostaron, se taparon con la sábana dejando sólo la nariz y los ojos  libres al frescor primaveral que siempre anuncia la llegada del verano, con la Luna nacieron también otros pensamientos. A Pluma la pálida luz reflejada en sus mejillas le trajo algunas dudas: “Seguro que al final mañana pasa algo y no podemos ir...” o también el famoso “¿Y si nos pillan...?”, total, trabas que la conciencia y responsabilidad, no debidas en un crío, le perturbaban o le servían de excusa...

Y a Lápiz, los dulces fulgores le trajeron planes: “Me levanto temprano y recupero el arco. Por la tarde cojo un chorizo de la despensa...” Mil proyectos que levantan vuelos ilusorios y fugaces en la imaginación aún fértil de un niño.

En fin, bien es cierto que los niños son como las estrellas; parecen todas iguales desde lejos, pero les arden por dentro diferentes pensamientos.

Así fue como con el primer albor de la mañana, la ilusión, cabalgando sobre una fresca brisa, acarició la mejilla de Lápiz y susurrándole al oído “¡Hay muchas cosas que preparar!” le despertó. Y Lápiz, no bien abiertos los ojos, de un salto se enfundó en sus pantalones y lanzándose por la barandilla de la maltrecha escalera aterrizó sobre la cocina y con los brazos abiertos dijo:
¡Buenos días! –y su madre, que en camisón y somnolienta aún se deslizaba perezosa preparando el café, le miró y levantando una ceja correspondió no sin sospecha
Buenos días, hijo...

Fue, no sé si buena, no sé si mala, la inquietud quien, enredada en la cortina, dudaba con suave balanceo en dejar pasar al sol, y en su temblor, provocaba destellos fugitivos que agolpándose en los párpados de Pluma, llamaba con irregulares golpes de luz a esa puerta tan grata a la imaginación infantil. Pluma despegó los párpados y viéndose ya libre del sueño, se frotó los ojos mientras en su cabeza se iban formando lentamente una frase. Finalmente, Pluma, con lentitud se incorporó y sentándose al borde de la cama a la espera de que llegaran desde no sé dónde las fuerzas, alzó los ojos y esa frase bajó a su garganta.
Mañana nos vamos al mar...

Es muy posible que Pluma no creyera del todo en la realidad de tal frase, pero bien buena era esa frase para anidar en ella ese pequeño o, a veces, grande estímulo para salir de la cama y enfrentarse con el día. Pues eso es lo bello de la ilusión, que sea pequeña, mediana o grande, siempre nos sirve para afrontar el transcurso monótono de los días. Lo malo y desgraciado es no tener ni una minúscula ilusión para levantarse. Si alguna vez les falta esa ilusión que les sirve de estímulo, por favor, invéntense un viaje al mar, que no es bueno pasarse el día en la cama...

Pluma se puso en pie y abriendo de par en par la dubitativa cortina, dejó que el frescor matinal desentumeciera los músculos que el mismo ya se encargaba de estirar. Luego, algo más resuelto pero con calma, se vistió y atravesando el pasillo llegó a la cocina donde nadie había y nadie habría hasta la tarde, pues su madre trabajaba de volqueta en la mina y se iba de madrugada. Su padre tardaría mucho más, pues todavía no es conocido el camino que baja del cielo o la gruta que lleva hasta las entrañas de la montaña, pues es allí donde un día quedó y no regresó.

Mientras Pluma bebía su vaso de leche y masticaba tranquilo unas galletas, escuchó el correteo de alguien bajando la calle. Bien sabía él quien era y la razón de su temprana llegada, pero tal somos que preguntamos y nos sorprendemos sin motivos, así que en cuanto Lápiz abriendo de golpe la puerta gritó:
¡Buenos días, marinero! –Pluma no pudo por más que decir
–¿Tan pronto llegas hoy?
–¡Claro! Hay cosas que hablar, ¡vamos! –y Pluma, apurando el vaso de leche, le siguió.
Era viernes, verano, un día claro, tenían que planear muchas cosas y esperaban cumplir un sueño, pero nada de esto les eximía de faltar al último día de escuela. De camino hablaron de sus planes.
¿Qué has pensado para los víveres? –pues así son los niños, deseosos de usar palabras impropias y poco lógicas para sus edades cando por alguna causa o razón ven la ocasión propicia para demostrar su reciente adquisición lingüística.
He pensado que podría coger un chorizo del almacén, mi madre no se enterará –contestó Lápiz.
Sí, yo he pensado en birlar un queso que hace siglos que espera en la despensa... y quizás una hogaza de pan –contribuyó Pluma.
Deberíamos hacernos con unas cantimploras y un poco de vino...
¿Vino? –interrumpió Pluma ¿Para qué quieres tu vino?
Pues no sé... ¡Nunca nos dejan probarlo y debe estar muy rico cuando así se ríen cuando lo toman! –se defendió Lápiz.
Vino... serás tonto…


Don Salustiano, ese profesor que lo sabía todo para Pluma y no sabía nada para Lápiz, llamó repetidas veces la atención de los chavales, y como suele pasar, siendo una de las mayores injusticias de la adolescencia, fue Pluma que, el pobre, atento y solícito, pero pillado en los momentos inadecuados, como recibiendo misivas en forma de “¿Y fruta?” o “¡hay que buscar unos bastones!”, era alcanzado justo por las miradas del profesor y sus certeros tizazos en los momentos en que regañaba a Lápiz para que le dejara en paz.
En el recreo, primero con un puñetazo en el hombro, luego con un insulto y, por último, suplicando, Pluma consiguió que Lápiz se comportara durante las dos últimas horas de clase. Pero en ese tiempo fue a Pluma a quien le asaltó una pregunta y no pudo contenerse. Escribiendo en un papelillo “¿tienes una brújula?”, a la hora de lanzárselo a Lápiz recibió un reglazo en toda regla...

¡Ya está bien, señor mío! –y lo justo hubiera sido que Don Salustiano pillara a Lápiz en la recepción, pues, aunque paradójico, hay injusticias que se hacen justas con otra injusticia; pero no, como bien sabemos todos hay personas que nacen con flores en sitios insospechados o, dicho de otro modo, con suerte. Y ese era Lápiz, que en ese momento se desternillaba de risa. Don Salustiano, cogiendo a Pluma por la oreja le recordó su lema: 
Quien atiende, entiende. Quien entiende, aprende. Y quien aprende, sabe – y diciendo esta especie de trabalenguas le llevó a la puerta de clase. Luego, tras dejar a Pluma y a lo que quedaba de su oreja fuera del aula, le dijo – ¡y usted no quiere saber nada! –cerrando de golpe la puerta.

Pluma se pasó la media hora restante de escuela sentado en el suelo y pensando en cómo conseguir una brújula.
Cuando sonó la campana de final de clase, Pluma esperó, pues sabía que le tocaba sermón. Al salir Lápiz le tiró una patada que hábilmente esquivó mientras decía:
¡Te espero fuera!

Y luego vino Don Salustiano.
Hijo, me ha decepcionado. Siempre se ha comportado adecuadamente y se lo he tenido en cuenta a la hora de examinarle. Sí, porque sus notas han bajado mucho desde... –y sin querer llegar a esas palabras, llegó. Pero como ya dijimos, sustituyó con un significativo silencio la frase “desde la muerte de tu padre”. Y Pluma escuchó esas palabras en su mente aún sin ser pronunciadas. Le rabiaban tales maneras. Su padre había muerto por muchos silencios o evasivas. No se elude al recuerdo con la sutileza de un silencio o con un educado vacío; es más, se reviven tales recuerdos con una fuerza renovada cuando queriendo desviar las palabras o la mirada, tropieza de bruces con la embarazosa torpeza de uno y el escondido dolor de otro. Si don Salustiano hubiera dicho de forma sencilla y natural esas palabras tabú, Pluma no habría reaccionado como lo hizo.
...Desde que murió mi padre –dijo mirando con reproche al maestro.
No quería decir eso, hijo...
Sí quería. No mienta. Todos los mayores hacen lo mismo, en cuanto hago algo mal dicen la misma frasecita. No tienen ni idea. Hace ya un año de la muerte de mi padre y parece que sean ustedes quienes no me dejan superarlo. Dejen a mi padre en paz y si tienen que regañarme, háganlo, ¡pero dejen a mi padre en paz!
No consiento que me hable así, jovencito. Tus modos y el comportamiento de hoy merecen un castigo. Me traerá usted a primera hora de mañana, sin falta.... –y a Pluma se le cayó el alma a los pies ante la irrefutable frase “mañana, sin falta...” que se le entrelazó con la previamente almacenada “¡Ya sabía yo que algo pasaría!" –una redacción –continuó Don Salustiano –sobre el mar–. En ese momento el rostro de Pluma se transformó ante la idea de que ...
¿El mar? –preguntó Pluma enrojeciendo ante la traviesa casualidad que le hizo temer sobre el secretismo de sus planes.
Sí, el mar –respondió firme don Salustiano.
¿Y por qué el mar? –se atrevió a preguntar pluma.
Porque lo digo yo –sentenció don Salustiano como suelen hacer los mayores ante la impotente ignorancia de los niños. Pero lo que no imaginaba Pluma fue que “el Salus”, pues así le llamaban, eligió el mar porque sabía del interés de él sobre esas azules magnitudes, y bueno como lo era en el fondo, el Salus quiso, sabiamente, hacer cumplir un castigo pero de una forma educativa.

¡Se ha ido todo a la porra! –le increpó a Lápiz en cuanto le vio.
¿Por qué? –preguntó alarmado este.
Porque me ha castigado a llevarle el sábado a las ocho una redacción...
¡No fastidies!
Y creo que se huele algo...
No seas tonto, ¡qué va ese a oler nada!
Pues mira tú que casualidad que la redacción es sobre el mar...
Mmm, vaya... –se quedó pensativo Lápiz. Se fueron caminando silenciosos y cada uno buscando soluciones y posibles aplazamientos...
Espera un momento... –se frenó Lápiz.
¿Qué pasa?
¿Qué te dijo exactamente del castigo?
Pues que le tendría que llevar mañana a las ocho una redacción sobre el mar, ya te lo he dicho...
¿No te dijo nada más? ¿Sobre si tenías que quedarte o algo?
Pues... no, la verdad, nada más –lo pensó Pluma.
¡Pues ya está! Mañana antes de irnos le dejas por debajo de la puerta de la escuela la redacción y chim pun!
Pero... – quedó pensativo Pluma. Y a punto estuvo de decir: “Y si lo dejamos para el próximo fin de semana...”, pero se calló, sabía que no había aplazamiento posible. Quería ver el mar y éste era el momento. Cualquier otro día el mar podría evaporarse, eso era muy cierto–. Está bien. Eso haremos –le confirmó cuando llegaron a su solitaria casa.

Entraron los dos y merendaron  sendos tazones de leche con barcos de bizcochos, bromas no faltaron. Ilusiones sobraron. Planearon todo: ultimaron el complejo asunto de los víveres, como les gustaba decir. Descartaron viandas y añadieron necesidades. Pensaron igualmente en el equipaje, mínimo, compacto, imprescindible; esas fueron sus reglas. Esto es, una muda, una manta y poco más. Resolvieron con imaginativa solvencia el escabroso asunto de los cayados (cogerían dos palos, de esos largos que usaba don Justo para sus pajareras) y no atinaron a solucionar el peligroso tema de la brújula. No había brújula por ningún lado. ¿Era necesario? “Psss” fue la respuesta de Lápiz, un “no sé, no sé...” fue la de Pluma.

Se emplazaron en casa de Pluma de madrugada, debían pasar mínimo cinco minutos de las cinco de la madrugada antes de la llegada de Lápiz, había que dar tiempo a que la madre de Pluma marchara a la mina.

Sería relativamente sencillo describir lo que ambos chavales vivieron, sintieron y encontraron durante esas horas previas a la gran aventura, a esa mágica escapada, a esa dulce evasión..., pero no lo haré. Me gustaría que fueran ustedes quien lo imaginaran, que se olvidaran durante unos segundos esas arrugas tan feas que ya tienen, esas canas que ya empiezan a asomar, y esa absoluta falta de niñez, inmadurez que les perjudica tanto a la hora de ilusionarse por las cosas sencillas. Olviden todos esos defectos propios de la edad y retrocedan, más aún, y retomen esos corazones que tenían siendo niños, cuando el simple hecho de ir a la plaza con su padre era la ilusión de la semana, o cuando acompañaban a sus padres a la ciudad de compras y la felicidad la arrastraban durante un mes, o cuando fueron por primera vez de pesca o caza con su padre y aún hoy no olvidan. En fin, intenten recordar esos días de los que tan sólo les quedan pequeños matices y colores que de vez en cuando les hacen sonreír cuando charlan con sus amigos y nunca les llegan cuando andan tristes y solitarios. Ese es el corazón que debe reinar y es al que llamo ahora para que les ayude a comprender a nuestros protagonistas. Y para aquellos que ya les es imposible regresar a los años verdes, yo les echaré una mano: Imagínense con quince años, con una vida que no escapa de un pequeño pueblo de montaña y su transcurso va de la escuela a la plaza y de la plaza a su cama. Y es en la cama donde únicamente, con ojos cerrados o abiertos, soñando despierto o soñando dormido cuando consiguen viajar a lejanos lugares: a calurosos desiertos, a los altos montes nevados, a azules mares con olas, espumas, peces, barcos y, quién sabe... ¿árboles?

Y ahora imagínense que despiertan y que el azar, la vida, un dios, un ángel o un amigo te reta a cumplir un sueño al que marcharas siendo niño y del que regresaras siendo un adulto, con más o menos años, con más o menos experiencia, pero dos pequeños hombres que volverán pletóricos con el mar iluminando sus ojos y su corazón henchido sabiéndose privilegiados por haber cumplido un sueño.
Y si no han logrado ver tal visión, quizás es que nacieron ya con esas feas arrugas.

No diremos que durmieron porque, como comprenderán, las emociones  que se suponen a lo arriba descrito impidieron a los chicos pegar ojo. Lápiz, después de situar adecuadamente en su mente todos los planos, comidas, bebidas, palos, arcos y demás, viendo que no se dormía se auto-indujo el sueño con todo tipo de trucos: contando ovejas, rezando, pensando en cosas agradables... pero perdiendo la paciencia término repitiendo un “¡Duérmete! ¡Duérmete!” tan arisco que no entiendo como el sueño se atrevió a desobedecer. Pero claro, al final siempre hay un último “¡Duérmete jolín!” que te hace caso justo cinco minutos antes de sonar el despertador.

Pluma, tras realizar más o menos los mismos preparativos y planificar más o menos las mismas cosas, intentó la llamada del sueño con un método que le solía resultar infalible. Abriendo el libro de matemáticas comenzó a leer la introducción, esa introducción que tienen todos los libros de matemáticas y que nadie se lee o nadie termina de leer, como era el caso de Pluma, que unas cien veces lo había intentado, pero siempre se dormía en esa frase que dice: “Así pues, en nuestro estudio básico y fundamental de las matemáticas como subconjunto o subgénero de la lógica aplicada, resultara apropiado que se enfa...zzzz” Pero claro, para todo hay una primera vez, y esa fue la primera vez que Pluma se leyó enterito el prólogo. En una mezcla de perplejidad y asombro nuestro buscador de sueños no cejó en su empeño y creyendo aún en las propiedades somnolientas de las matemáticas comenzó a leer el primer capítulo. Cuando una pequeña variable de una sencilla ecuación traía como exponente al sueño, saltó como resultado de un despeje una brújula: “¡Brújula! ¡Qué haremos sin brújula!” y así, una y otra vez, en forma de suma, de equis o incógnita, el sueño tuvo a bien a aparecer, pero fue la brújula la que siempre terminaba apareciendo en el resultado. Pluma consiguió dos cosas esa noche, dormirse y aprender a resolver ecuaciones de una variable.


(Continuará....)

viernes, 29 de agosto de 2014

Estéril Historia de Silencio

Aquí estamos. Tú y yo otra vez. Frente a frente. Parpadeas y siento tu impaciencia. Tu tez blanca, fría, me reta a retomar lo que dejamos en aquella madrugada de verano. Mis dedos acariciándote, susurrando palabras en el silencio que sólo rompía el ventilador. Y aun así… sudando. Ahora tengo miedo. Tengo miedo a no saber repetir nuestra historia del loft vacío donde rompí la botella de whisky, donde me clavé tu recuerdo. O cuando jugábamos con nuestras sombras. O los besos que soñábamos en el tren que no cogimos. Nuestras cartas…

Maldita sea, te echaba de menos, y ahora me siento un adolescente que no sabe qué decirte, que no sabe si atropellarse o besarte o hablarte… Y tú no me ayudas. Sigues muda, siempre muda. Ni luna, ni sirenas ni mujeres etéreas. No, no existen las musas, joder, no es más que otra excusa para los que no tienen uñas con las que rasgarse las entrañas, porque al fin y al cabo, a eso se reduce todo, a tener el valor de arrancarse la costra que nos hace mediocres. A desnudarse frente a ti y temblar de miedo, de vergüenza, de nervios. A querer ser un adolescente inexperto que pretende hacerle el amor a una diosa. ¡Osado! Y si no hay caricias, hay floretes, estocadas y sangre. Lo que sea que te arrebate aquellos sentimientos que son míos y que tú, fría e insensible, retienes y me ocultas en cada parpadeo.

Te acaricio y apenas reaccionas. Puede que ya no me recuerdes, pero yo no te olvidé. Soy incapaz de olvidar tu piel. Incapaz de quitarme de la cabeza tus susurros de placer cuando te dejas hacer; o lo que siento yo cuando, tras mil palabras, te rindes y acomodas entre la sangre que camina entre mis dedos y mi corazón.

Pero hoy me reprochas mi abandono y yo agacho la cabeza porque nada tengo que decir. Nada por ahora, hasta que recuerdo que así empezó todo este largo silencio, en una noche cualquiera donde mi pereza venció a mi convicción. Donde el sudor me atemorizó. Cuando bebí de la botella en vez de estrellarla contra la pared. Cuando decidí, sin darme cuenta, que mejor ser un mediocre que duerme por las noches que un muerto de sueño que alcanza su victoria cada madrugada. Sí, maldita sea, toda esta estéril historia de silencio comenzó en el momento en que confundí un verbo: Ser por Estar. Porque no te engañes, blanca dama, elige caricias o florete, pero ten claro una cosa: no ESTOY escribiendo, yo SOY Escritor. El que escribe se rinde. El Escritor… ni puede ni quiere. Y por eso mis dedos ya vuelan sobre tu piel, porque alcancé las palabras que te hacen doblegarte y gemir de placer, porque puede que no decida mi destino, pero sí decido el tuyo. Y ahora que ya lo entiendes, insúflame aquél aliento imperecedero y no me dejes abandonarte ni una noche más. Libérame del parpadeo aburrido y te contaré cosas que nadie te contará jamás.

Sí, querida amiga, toda estéril historia de silencio acaba en el momento en que cada uno se reconoce y se confiesa: Aquí yo, un escritor. Allí tú, mi página en blanco.


Y así debe ser, por lo menos, cada madrugada. 

martes, 17 de junio de 2014

Podemos o no Podemos... ¿Es esa la cuestión?

Parafraseando...

Podemos o no Podemos, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del político, señalar con penetrante dedo las mentiras de otros, o enfrentarse con ejemplos a este torrente de calamidades, y darlas fin cuando llegue el momento? Prometer es ilusionar. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las mentiras se acabaron y la corrupción sin control tan propia de nuestra naturaleza?...

Este es un término que deberíamos sopesar con calma. Prometer es Ilusionar... y tal vez ¿cumplir? Sí, y éste es el gran obstáculo, por que pensar a la ligera que las promesas se podrán cumplir en el silencio de un gobierno, cuando hayamos depositado nuestro emocionado voto en este democrático despojo, es el primer paso para considerarnos engañados. Esta, por desgracia, es la consideración a la que llegamos tras 35 años de… ¿democracia?

Podemos o no podemos. Eso es lo que me pregunto. Ellos, los unos y los otros, no pudieron, y más que eso, "pudientes" se volvieron gracias a nuestra impertinente levedad. Mi voto, mi ilusión y mi futuro reniegan de gaviotas y de rosas, de derechas y de izquierdas… ¿no hay más? Triste sociedad donde sólo hay cabida para dos ideas, dos ilusiones, dos proyectos. Pero me pregunto… ¿Cómo llegamos a ésto? Y con un escalofrío llego a la respuesta: Con Promesas. Con promesas incumplidas. Pues es más gratuito lanzar promesas que comer pipas los lunes al sol. Por eso, cuando me encuentro a un Pablo Iglesias y su Podemos, lo siento, pero recelo, porque me da miedo confiarle mi voto, mi ilusión, mi futuro y el de mis hijos y cuando llegue el momento, si es que llega, pensar mientras como pipas: ¿Tú también, Pablo? 

Y si le miro, acepto su empatía. Yo no tengo un traje de 1.000 euros y él, no sé si lo tiene, pero al menos no se lo pone para hablarme de recortes. Si le escucho, asiento en su mensaje, un mensaje que, perdonad mi recelo, coincide tan milimétricamente con mis ideas que me da miedo. ¿Quizás es eso? No puedo evitar imaginar en mi mente paranoica (a la fuerza la hicieron así los unos y los otros) a un gabinete de prensa y otro de marketing haciendo una lista con todas aquellas cosas que nos han tocado los cojones durante los últimas legislaturas. ¿Es acaso Podemos y Pablo un producto? No lo sé, pero me encantaría pensar que no lo es. Lo que sí tengo claro es que "los unos y los otros" sí que lo son, o más bien, lo fueron.

Entre Hamlet y su calavera, yo me pregunto si es posible… ¿Son sus promesas fruto de un estudio profundo de nuestros sueños y frustraciones, o son fruto de un estudio basado en una realidad viable y futura? A mi hija le he prometido una casa en un gran árbol en el centro de un gran jardín de una futura "mejor casa" porque vio una foto y sus ojos brillaron. No pude evitarlo. Se lo prometí, pero en mi estudio nocturno de las cuentas en rojo, sé que ese sueño por ahora no es viable. Mañana tengo pensado revelarle tal realidad.

Cuando Pablo, cuando Podemos prometen lo que prometen, por ejemplo, el derecho de una renta básica de 650€… ¿Es porque nosotros vimos una foto y nuestros ojos brillaron o porque se ha estudiado la viabilidad real de tal propuesta? Cito del programa de Podemos: "Financiación a través de una reforma progresiva del IRPF y de la lucha contra el fraude fiscal" Y tres conceptos me preocupan: "Progresiva", "lucha contra el fraude" y, sobre todo, que algo parecido escuché a uno de izquierdas que se volvió de derechas y terminó con un tremendo "dilema" Y ahí está, recibiendo una pensión vitalicia de mi bolsillo y con esa joyita de su programa aún en el tintero.

Y no seguiré con las promesas incumplidas de éste expresidente (a mano de cualquiera que busque un poco) ni de las que se pasa por ahí el de ahora (también muy a mano), lo que me preocupa es que tanto el uno como el otro usaron sus promesas como cebo electoral, señalando con el dedo las mentiras del otro y diciendo, con voz orgullosa y segura, con corbata de color estudiada y lenguaje corporal aleccionado: Yo sí que lo cumpliré. Y todos, como rebañitos amaestrados, con ojos brillantes por la foto que vimos, confiamos en que lo iban a cumplir. Prometer es ilusionar, pero de forma tajante, por ley, bajo pena de despido por incumplimiento de contrato, deberían las promesas también ser "Cumplidas en un tiempo determinado", como se le exige a cualquier trabajador.

De aquellos barros, mis dudas y recelos. Pablo promete, Podemos ilusiona. Y si no fuera por la triste historia política, hasta yo confiaría en que cumplirían sus promesas. Pero me temo que ya es tarde.

Quizás me decida a ilusionarme, o al menos, a implicarme con un político, cuando exista uno que me firme por contrato que cumple su programa hasta un aceptable porcentaje o abandona o, como mínimo, adelante elecciones. Tan dulce sabor tienen las promesas como amargor su incumplimiento, os lo digo con experiencia, ya he visto la tristeza en los ojos de mi hija cuando le dije que los reyes y príncipes que salen en el telediario no me gustan nada porque nada se parecen a los de los cuentos.

Podemos o no Podemos… Al fin de todo, puede que esa no sea la verdadera cuestión. Podrán o no podrán. Porque si nos paramos un segundo a pensar… ¿Cuál es la diferencia entre Pablo Iglesias y los otros? Ellos llegaron a sus tronos con promesas que luego no cumplieron. ¿Qué garantías tenemos de que esto no sucederá otra vez con los otros? Mientras no cambiemos, fumiguemos y regulemos a políticos y sus promesas, aquí cualquiera puede prometer y luego, desde su trono, justificar lo imposible de cumplir sus promesas, señalando al predecesor, por ejemplo.

Pero siempre he sido fiel a la moral de que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Si me dan a elegir, me quedo con Pablo, pero no porque me guste, sino porque la alternativa es patética, y de vueltas, como decíamos ayer, qué triste que nuestro voto se decida por descartes y no por libre elección. Sólo hay algo que por ahora me hace escuchar a Pablo Iglesias cuando habla, y es que los otros dos perdieron ya mi voto, y Pablo no se lo ha ganado todavía, pero por lo menos no lo ha perdido.



Sólo temo una cosa, que prometer no es cumplir, y al final me vuelvo a mis raíces y a mi tierra y recojo de otro sabio aquello que decía  "que toda la vida es sueño, y los sueños…" ¿sueños son?